El mundo enfrenta una creciente incertidumbre en el ámbito político y económico, marcada por el deterioro del poder relativo de Estados Unidos. Este reordenamiento se debe en parte al fortalecimiento de otras potencias, que han desarrollado sus economías y capacidades científicas y militares. La actual multipolaridad no solo refleja un cambio en el liderazgo, sino también una evolución en la arquitectura internacional.
Desde hace tiempo, Estados Unidos ha jugado un papel crucial en este nuevo orden global, promoviendo una estructura más equilibrada que permite la distribución de responsabilidades entre polos regionales. Este cambio fue anticipado por Henry Kissinger, quien abogó por una relación más colaborativa con potencias como China. La entrada de China al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas simboliza un momento clave en esta transición, marcando el fin del "siglo de la humillación" para el país asiático.
La migración de capitales hacia China ha sido fundamental, ya que ofrecía ventajas comparativas significativas, permitiendo un desarrollo rápido de su industria. Esta dinámica también benefició a Estados Unidos, que pudo reducir costos de producción y mantener acceso a mercados lucrativos, lo que influyó en la formulación de políticas internas.