La situación actual en Venezuela se ha convertido en un ejemplo claro de cómo la inacción internacional puede facilitar el sufrimiento de un pueblo. La comunidad global, atrapada en un respeto excesivo por la soberanía nacional, ha fallado en actuar frente a la devastación de la democracia en el país. A través de manipulaciones electorales y el uso abusivo de la Constitución “bolivariana”, el régimen ha destruido las instituciones democráticas sin enfrentar consecuencias significativas.
El sistema internacional, que debería proteger a los ciudadanos agredidos, se ha vuelto cómplice por su falta de respuesta ante la crisis. En lugar de actuar, se ha limitado a una corrección diplomática que termina por beneficiar a quienes perpetúan el régimen. Esta parálisis se traduce en atrocidades masivas, donde los derechos humanos son sistemáticamente violados, y el hambre, la represión y el exilio forzado son realidades cotidianas.
El derecho internacional contemporáneo, diseñado para un mundo diferente, no está preparado para enfrentar estas crisis internas. La falta de acción efectiva frente a dictaduras sostenidas por alianzas geopolíticas ha llevado a un estado de impotencia que no puede ser ignorado, convirtiéndose en una coartada para el abandono de los inocentes.