El canciller estadounidense, Marco Rubio, afirmó en una audiencia del Senado que Brasil no es considerado un aliado de los intereses de EE.UU., comparándolo con Cuba y Venezuela. Esta declaración se produjo tras la imposición de un arancel adicional del 25% a los productos brasileños por "trabajo forzado" y la designación de las bandas narcotraficantes Primer Comando da Capital y Comando Vermelho como organizaciones terroristas. Esto permite a EE.UU. actuar con mayor libertad en nombre de la seguridad nacional.
El descontento en Brasil se intensificó tras los comentarios del presidente argentino, Javier Milei, en una convención del Partido Liberal, donde atacó al presidente brasileño Lula da Silva y a la Corte Suprema de Brasil. Este ataque ha sido interpretado como parte de una estrategia más amplia impulsada por Donald Trump, que incluye intentos de injerencia en el sistema electoral brasileño.
A pesar de la tensión, Brasilia no prevé represalias significativas contra Argentina, limitándose a un breve llamado a consultas del embajador Julio Bitelli, quien regresará a Buenos Aires pronto. En el ámbito interno, el ministro de Hacienda, Dario Durigan, generó controversia al calificar a Milei de "payaso".
El descontento de Washington hacia Brasil se fundamenta en la negativa del país sudamericano a alinearse completamente con los intereses de EE.UU.. A juicio de un diplomático de Itamaraty, la influencia creciente de China en la región y los lazos económicos con Brasil son factores que limitan la capacidad de EE.UU. para imponer su agenda en América del Sur.