El gobierno alemán ha responsabilizado oficialmente a Rusia por un intento de ataque híbrido con un dron cargado de explosivos en Leipzig. Este incidente se enmarca en una creciente ola de sabotajes en Europa, donde durante agosto se registraron explosiones en fábricas de municiones en Italia y Bulgaria. La acusación de Alemania se produce en un contexto marcado por la proximidad de las elecciones generales rusas del 20 de septiembre, donde el Kremlin busca alimentar el antagonismo con Occidente.
La estrategia rusa de presión incluye el uso de tácticas de guerra híbrida, que son más económicas que un conflicto militar abierto y permiten sembrar inseguridad sin cruzar el umbral de un ataque directo. Alemania es un objetivo prioritario para Moscú, no solo por su importancia económica, sino porque cualquier cambio en su política puede alterar el equilibrio en Europa. Como principal potencia industrial del continente, su papel es crucial en la Unión Europea y la OTAN.
La interdependencia energética que Alemania mantuvo con Rusia, que alguna vez se consideró un factor de estabilidad, ha sido severamente comprometida por la invasión de Ucrania. Esto ha llevado a una reevaluación de las relaciones y a un aumento en el suministro de armamento occidental hacia Ucrania, lo que Moscú ha declarado como objetivos legítimos en el marco de su estrategia de presión.